Siempre he defendido y defenderé a los funcionarios como necesarios cumplidores de una importante labor en la Sociedad, a pesar de los golpes despiadados de todos aquellos que, desde fuera, quieren cargarse el Estado de Derecho en su propio beneficio. Y a pesar de todos aquellos que se empeñan en ponerlo en solfa desde dentro, con su pasividad, abulia o absentismo, con su falta de profesionalidad y empatía, o simplemente con su emponzoñamiento de intereses políticos.
Sin embargo, y aunque generalice injusta y exageradamente, a partir dejaré de defender a un porcentaje de ellos, a los funcionarios de eso que irónicamente se ha llamado Justicia, pero que no es sino un eufemismo para proteger a los más poderosos, a los más tramposos, a los que tienen la mejor coartada, no necesariamente la razón. Con su actitud y su aptitud contribuyen a que se desmorone definitivamente la única vía que tenemos de defendernos desde dentro. Y por ello sobran. Todos, o casi todos.
Sin embargo, y aunque generalice injusta y exageradamente, a partir dejaré de defender a un porcentaje de ellos, a los funcionarios de eso que irónicamente se ha llamado Justicia, pero que no es sino un eufemismo para proteger a los más poderosos, a los más tramposos, a los que tienen la mejor coartada, no necesariamente la razón. Con su actitud y su aptitud contribuyen a que se desmorone definitivamente la única vía que tenemos de defendernos desde dentro. Y por ello sobran. Todos, o casi todos.
Hoy me he desengañado definitivamente: la Justicia no existe, y muchas veces ni siquiera puede ser invocada la legalidad, ya que en el marasmo legislativo que nos regula, seguro que para cada norma existe una contranorma radicalmente opuesta, y no sólo de otro poder administrativo sino muchas veces del mismo, que siempre puede ser aplicada en contra del que defiende lo que algún día tuvo la denominación de derechos.
Y todo ello amparado en unos procedimientos, en unos formulismos, e incluso en una jerga, interesadamente enrevesados, creados para ahuyentar a la mayor parte de los mortales y poder seguir ejerciendo y actuando como les viene en gana.
Por lo tanto estos señores que se quejan de falta de medios, pero que aplican los que tienen con absoluta discrecionalidad, y a su santa voluntad, en contra del desprotegido, deberían irse a la calle, a la puta calle. No sólo por ahorro, sino sobre todo por dignidad: no los echaremos en falta. Ya en ese mundo de bandoleros en el que vivimos más de uno pensará –aunque a mi me fastidie todavía hacerlo- que hay armas más poderosas, más efectivas e igual de parciales para defender derechos y caprichos, que ya todo se confunde. Y desde luego no serían menos injustas de las que ahora debemos recurrir.
PD: Este post estaba escrito antes de conocerse la sentencia de Marta del Castillo y no tiene ninguna relación con él, ya que se refiere a un asunto mucho más banal pero igual de injusto y clarificador. Es triste que el asesinato de la sevillana ratifique que ‘en todas partes cuecen habas’. Y que, desgraciadamente, no son casos aislados, ni excepcionales.
Foto tomada, con todo mi agradecimiento, de http://shikihouse.blogspot.com

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