domingo, 8 de abril de 2012

Señales en el horizonte para no acabar como la ranita

Hace apenas medio año os contaba la historia de una ranita que no sabía que estaba cocinándose, en alusión a los cambios progresivos que buena parte de los gobiernos occidentales están aplicando lenta e inexorablemente, justificados en la situación económica, pero que en realidad no dejan de ser un profundo cambio en los derechos y los deberes de los ciudadanos, en lo que algunos califican como desmantelamiento del Estado del Bienestar.

Unos cambios que, años atrás hubieran resultado intolerables, pero que han sido poco a poco banalizados, instrumentalizados falsamente como necesarios, y que hoy apenas preocupan a una sociedad sumida en el marasmo colectivo. Hasta que se individualiza y vienen a por ti.

Afortunadamente, de vez en cuando surgen señales claras y nítidas en el horizonte, lumbreras que nos avisan del peligro como faro en la tormenta. Luces de alarma ante las que no podemos cerrar los ojos y debemos reaccionar con toda la contundencia que la situación merece. Aunque sea fuera de los foros habituales, a los que la voz del pueblo cada vez llega menos y más distorsionada.

Ejemplo: un señor que es capaz de decir públicamente que "nuestro sistema de seguridad no es del todo disuasorio, no da miedo", que anuncia su deseo de que se endurezcan las penas para delitos de violencia callejera "no para que entre más gente en prisión sino para que haya más gente que tenga más miedo al sistema y que no sea tan osada", que se plantea restringir el derecho de reunión y de seguridad ciudadana, regulados por leyes orgánicas, para que se aborde “la problemática de la ocultación de identidad” y la “posesión de materiales peligrosos en concentraciones”, y que incluso lanza la idea de una nueva página web de colaboración ciudadana, para que la población ayude a identificar a los violentos a partir de imágenes públicas y policiales, que se une a otras brillantes ideas sobre videovigilancia e “identificaciones preventivas y actuaciones selectivas”.

No voy a negar que existen los violentos, pero que son una minoría que no tiene que ver nada con los que justamente hacen oir su voz, en el único sitio donde pueden, insisto. Salvajes que terminan haciendo el juego al poder. Y que deben ser identificados, neutralizados y castigados. Pero no con ese salvajismo indiscriminado que, como reconoce ese individuo, permite sembrar el miedo en la ciudadanía, para que se conduzca hacia la docilidad y terminemos todos como la ranita.


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