viernes, 6 de julio de 2012

Un País de Pandereta (I): Invertir en educación, ¿para qué?

Cada vez que oigo a alguien protestar contra los recortes en Educación argumentando en que no se dan cuenta del grave deterioro que produce en una sociedad me echo a reír. Por no llorar, claro está.


Se trata de una argumentación tan clara y evidente como lo son las directrices marcadas desde el neo-ultra-liberalismo, que no sólo conoce estas consecuencias negativas, sino que las quiere aprovechar a su favor. Y lo está haciendo ya con rotundo éxito, mientras que algunos siguen discutiendo sobre si son galgos o podencos.

Porque un deterioro de la enseñanza pública –lo mismo que de la Sanidad, el otro objetivo señalado, acosado y ya casi derribado- conlleva tres consecuencias que perjudican a una gran mayoría, pero benefician a unos pocos, precisamente a los que tienen la sartén por el mango.

1. Una sociedad en la que la mayoría de sus individuos están poco formados, es una sociedad con menos capacidad de análisis, menos crítica, más influenciable, más abúlica, más dócil. Más manipulable. Y esto es no es algo nuevo, ya que existe desde siempre, desde el ‘Pan y circo’ de los romanos al ‘Pan y fútbol’ actual, que pretende distraernos mientras que se acaba de forma sibilina con cualquier elemento que fomente la Educación, la Cultura. La formación. Cuanto más cara y difícil sea la enseñanza, mejor.

2. En una sociedad en la que el trabajo es un bien cada vez más escaso, la falta de formación impedirá el acceso a los empleos más cualificados y mejor remunerados, que quedarán libres y expeditos para aquellos que sí pudieron financiarse los estudios, los de siempre. Por el contrario, la gran masa social tendrá que competir por unos pocos puestos cada vez peor remunerados. Y precisamente el ‘disfrute’ de un bien escaso que pueden perder fácilmente incrementará la falta de crítica y la docilidad a la que me refería en el primer punto.

3. Pese a todo, la Educación y la Cultura pueden ser un negocio, sobre todo si se fomenta la enseñanza privada –pagada en parte por el Estado- y se denigra la pública, pero al mismo tiempo ‘privatizando’ aquellos aspectos económicos que interesen. No en los meramente educativos, claro está. Y siempre gente que pueda sacrificar sus cada vez más exiguos recursos para intentar pagar una educación que –a las pruebas me remito- suele ser incluso de peor calidad.

El tema es tan obvio que de nada deben valer ya los lamentos.

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