martes, 21 de agosto de 2012

La teoría y la práctica del viajero antisocial


De vez en cuanto, y como menos te lo esperas, te enteras que hay gente que se dedica a estudiar de una forma más o menos metódica y rigurosa algunos temas en los que, en algún momento de preocupación, de indignación o de simple aburrimiento, has reparado, aunque sin ninguna pretensión científica.

Por ejemplo, en mis desplazamientos diarios –no más de media hora en autobus o tren de cercanías- me he percatado en muchísimas ocasiones del egoísmo de la gente a la hora de ocupar su asiento –y los inmediatos que sean necesarios- para evitar que nadie se siente a su lado. Sin embargo, una antropóloga de la Universidad de Yale, Esther C. Kim, ha realizado un estudio más completo de lo que llama “el comportamiento antisocial transitorio” que es el que adopta la mayoría en un viaje para ir más cómodos y, sobre todo evitar compañeros de viajes molestos. Una referencia al mismo puede encontrarse en este enlace.

Entiendo que en un viaje de avión, sobre todo en un desplazamiento transoceánico, ocupar el asiento central es una tortura, sobre todo si tus compañeros no son delgados, y que encontrarte el contiguo libre te permite una variedad de posturas a la hora de afrontar muchas horas de vuelo, algo que no puedes ni soñar si te ves restringido a tu lata de sardinas. Pero siempre he pensado en este aislamiento como necesidad vital, nunca como una postura egoísta.

Pero cuando viajas en autobús, con asientos no numerados, es absolutamente habitual encontrarte que muchos individuos ocupan el asiento del pasillo con sus cuerpos y el de la ventana con cualquier objeto personal; una bolsa, un libro, un simple periódico. Todo para impedir el paso al que llegue después e ir solos. En este sentido, han tocado hueso conmigo, ‘ventanómeno’ confeso, que no me importa esperar todo lo que sea necesario para que el fulano en cuestión recoja sus bártulos y los deposite en la bandeja superior correspondiente o en su regazo. Claro que siempre hay alguno que, después de la mudanza y solo por fastidiarme, se desplaza hasta el asiento lateral, lo que provoca mi fingida extrañeza. “Perdone, le había dicho si me dejaba pasar, no que me cediera el asiento del pasillo”, y sin esperar respuesta me marcho en búsqueda de otro lugar.

Dicho comportamiento antisocial –mejor dicho, de pésima educación- llega a su punto álgido cuando, después de marcharme, el interfecto recupera su antigua posición y vuelve a desplegar en su segundo asiento su arsenal de pertenencias, mientras esboza una sonrisa bobalicona, que me encargo de cortar de raíz con un: “Perdone, ¿se está riendo usted de mi?”. Las respuestas merecerían otro estudio.

En el tren es todavía mucho más alucinante ya que la distribución de asientos enfrentados origina que algunos de estos viajeros sean capaz de ocupar hasta cuatro asientos: uno con su culo, otro con sus pies y los laterales correspondientes con las socorridas bolsas, abrigos o con lo que sea menester. Yo, mi, me, conmigo, es decir, valgo por cuatro y lo demuestro.

1 comentario:

  1. Curioso post el que relatas hoy. Soy asidua del bus urbano y aunque normalmente me quedo de pie, lo que describes lo veo habitualmente.Dejando de lado los asientos destinados a la gente mayor, el resto rara vez van ocupados totalmente.
    No sabia que hubiese una teoria del viajero antisocial. A partir de ahora seré una ferrea defensora de todo lo contrario.

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