sábado, 8 de septiembre de 2012

Cuando me descontrolan en los aeropuertos


Tengo que reconocer que uno de los momentos que más me exasperan es pasar el control de seguridad en un aeropuerto. No por el hecho en sí, sino por la arbitrariedad del personal encargado, que convierte lo que debería ser un mero trámite en un proceso en el que se puede esperar cualquier cosa. Reconozco, insisto, que mi predisposición es bastante negativa y mi actitud francamente irascible en algunos casos, pero muchos años de viajes me han hecho vivir numerosas experiencias absurdas e injustificadas. He topado con unos cuantos pseudoidiotas, aunque como dice mi hijo, “el día que te encuentres a uno de verdad te vas a enterar”. 

Las normas sobre lo que no se puede embarcar en un avión están más o menos claras y se encuentran en muchos carteles y folletos, aunque la relación completa parece más un monumento al humor que a la razón. Además, lo de los “líquidos contenidos en envases individuales de 100 ml de capacidad máxima, contenidos a su vez en una única bolsa de plástico transparente con sistema de cierre y capacidad no superior a un litro” merecería casi un ensayo por si sólo.
 
El problema en sí radica en la ausencia absoluta de información del procedimiento  del control, de los objetos que deben ser sometidos al escáner y en qué condiciones, así como al propio paso por el arco detector de metales. De esta forma, nos encontramos con que es el personal encargado del control –escasamente cualificado en algunas ocasiones y con una pésima educación, en otras- el que determina aleatoriamente las normas a aplicar. Por no hablar de los que repiten como papagayos una retahíla de prohibiciones. Por cierto, para acceder al control sólo tienes que mostrar la tarjeta de embarque, pero en ningún caso la documentación personal.

Volviendo al control es más o menos de aplicación universal, aunque con interesantes excepciones, que los ordenadores portátiles tengan que ser sacados no sólo de la bolsa, sino de su funda. Pero luego te pueden obligar a abrirle la pantalla, a encenderlo, a quitarle la batería… Esta norma se ha comenzado a aplicar también a los iPads, a los eBooks, a las cámaras de fotos y de vídeo, e incluso a cualquier otro gadget electrónico que el ‘responsable’ determine, incluyendo baterías, cables y cargadores. Y sin que exista una normativa al respecto (o si existiere, es inadmisible que no esté al alcance del usuario, aunque la solicite). En algunos controles, además, te obligan a un artículo por bandeja, aunque sea ésta tan grande como un campo de fútbol, por lo que no es absurdo pensar que personas como yo nos podamos llegar a encontrar con una decena de bandejas. Una suposición extrema, pero no carente de lógica. 

Las aleatoriedades AE –antes del escáner- afectan también a las chaquetas, no a las americanas, sino a las asimiladas como sudaderas, o a los zapatos –aún recuerdo el olor nauseabundo del control de Moscú-, sobre los que hay un folleto informativo que simplemente te viene a decir: obedece, es por tu bien. En cuanto a los cinturones, es interesante conocer los arcos por los que no se detecta para evitar en engorro de quitárselos: en mis habituales viajes Madrid-Palma sé que a la ida tengo que sacármelo siempre, pero nunca a la vuelta. 

Pasado el detector de metales, y aunque no haya ‘pitado’, aún tenemos otra serie de pruebas de fuego DE –después del escáner-. En México, recuerdo que después de recoger el equipaje y antes de salir a la calle tenías que apretar un botoncito que encendía un semáforo: si la luz era verde, adelante, pero si era roja, te abrían la maleta. Razonable y sobre todo simple y comprensible. Aquí no hay botoncito que valga: el empleado de turno te puede cachear sin razón aparente, siempre en aras de la seguridad… o porque un compañero le sugiera “cachea a ese, por listo”, como me sucedió hace algunos años. 

La última prueba de fuego son los objetos escaneados. El encargado de la maquinita puede obligarte a pasar de nuevo por separado algún objeto que no le guste o a seleccionar tu equipaje para una parsimoniosa inspección visual, en la que, por ejemplo, te pueden obligar a abrir una cremallera, pero que ni se te ocurra tocar lo que hay dentro si no quieres encolerizar al segurata de turno. Entendería que, si el contenido es verdaderamente sospechoso, vaciaran todo. Pero no comprendo que solo te abran una parte de la bolsa y no miren el resto. 

Luego vienen las prisas y los malos modos para que te alejes de la zona del control y te vayas a las mesitas a recomponer tu equipaje, tu persona e incluso tu dignidad, mientras que ellos ya han señalado a su nueva víctima. 

Y aunque a veces que pienso que en algunos aeropuertos se complican innecesariamente estos controles no por seguridad sino con el único fin de autojustificarse, enseguida me doy cuenta de que la verdadera razón es, una vez más, el Principio de Hanlon: “Nunca le atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez”. 

Imagen tomada del blog ¿Quién vigila al vigilante?, que también hace una curiosa interpretación sobre estos controles, no en su forma, sino en su fondo.

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