miércoles, 9 de enero de 2013

Países y países


Érase un país en el que cuando un político –o asimilado- hacía algo grave se limitaba a pedir perdón. Y sólo cuando la gravedad era extrema procedía a dimitir… para reaparecer en otro cargo oficial –o asimilado- algún rato después, cuando todo ya parecía olvidado.

No me gustaría vivir allí, sino en uno en el que una simple apariencia se traduzca en dimisión; en que una falta –por muy leve que pueda parecer- signifique el final definitivo de una carrera política. Y que ya si los hechos son graves, el individuo de turno acabe ante los tribunales, como cualquier hijo de vecino.

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