jueves, 28 de marzo de 2013

El optimismo no es fe sino voluntad


Una vez más, la definición de optimismo de la wikipedia es mucho más clarificadora que la de la RAE. “Significa tener una fuerte expectativa de que, en general, las cosas irán bien a pesar de los contratiempos y de las frustraciones. Como valor ético, es la idea del ser humano de siempre tener lo mejor y conseguirlo de igual manera, a pesar de lo difícil de algunas situaciones siempre encontrar el lado bueno y obtener los mejores resultados. Desde el punto de vista de la inteligencia emocional, el optimismo es una actitud que impide caer en la apatía, la desesperación o la depresión frente a las adversidades”. 

Pues bien, en los últimos tiempos se nos está vendiendo el concepto optimismo como tendencia a esperar que el futuro depare resultados favorables… aunque los indicadores, objetivos o subjetivos, no aporten ninguna esperanza. Más bien todo lo contrario. Optimismo, en este sentido casi religioso, se convierte en fe, credulidad, conformismo, espera (que no esperanza), acatamiento, paciencia, fatalismo, aceptación, resignación, sumisión… Eso sí, con una sonrisa. Como decía Don Alonso, el ilustre titiritero barojiano de ‘La busca’, “ya llegará la buena”, aunque a él nunca le llegó. O ese “no hay mal que cien años dure” del sabio refranero español… que no tiene en cuenta que hay desgracias que acontecen irremisiblemente en muy pocos minutos. 

Me quedo, pues, con la vertiente luchadora del término, en ese actitud de esfuerzo necesario para encontrar soluciones, ventajas y posibilidades de futuro. Optimismo es perseverancia, firmeza, insistencia, deseo, decisión, tesón…. En definitiva voluntad por cambiar las cosas para bien, aunque en algún momento nos aborde el mal humor. La sonrisa, la mejor de ellas, llegará entonces cuando nuestro optimismo haya dado resultados.

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