sábado, 23 de marzo de 2013

‘Todo lo que era sólido’: verdades sobre España


Tengo que reconocer que, como novelista, algunas de sus obras no me entusiasman. Sin embargo, hay un puñado de libros de Muñoz Molina que me parecen imprescindibles. Y aunque los ‘estudiosos’ no los clasifican en una sola categoría, sino que hablan de ensayo, de diario... para mí tienen el acierto de la perfecta descripción de una situación, de un momento, a través de su propia experiencia personal.

‘Ardor guerrero’ resulta sinceramente demoledora para conocer esa pérdida de tiempo que fue el servicio militar; ‘Ventanas de Manhattan’ es una de las mejores descripciones jamás realizadas sobre el día a día en NY. Y en la misma línea de las anteriores, el recientemente publicado ‘Todo lo que era sólido’ es, como decía, imprescindible para entender lo sucedido en nuestro país en esos años del espejismo, por mucho que manifieste que “no está el mañana ni el ayer escrito”.

Cada uno de los ¿capítulos? del libro no es sólo reflexión personal del autor, sino que nos conlleva a buscar la propia, para entender –o para que nos resulte incomprensible e injustificable- lo sucedido en esos años en España, en los que todo parecía sólido. Sin embargo, me quedo con el 42, una demoledora crítica sobre esa democracia que muchos dicen que tenemos pero que no existe.

“En treinta y tantos años de democracia y después de casi cuarenta de dictadura, no se ha hecho ninguna pedagogía democrática. La democracia tiene que ser enseñada, porque no es natural, porque va en contra de inclinaciones muy arraigadas en los seres humanos. Lo natural no es la igualdad, sino el dominio de los fuertes sobre los débiles (…) Creerse uno el centro del mundo es tan natural como creer que la Tierra ocupa el centro del universo y que el Sol gira alrededor de ella. El prejuicio es mucho más natural que la vocación sincera de saber. Lo natural es la barbarie, no la civilización, el grito o el puñetazo y no el argumento persuasivo, la fruición inmediata y no el empeño a largo plazo. Lo natural es que haya señores y súbditos, no ciudadanos que delegan en otros, temporalmente y bajo estrictas condiciones, el ejercicio de la soberanía y la administración del bien común. Lo natural es la ignorancia: no hay aprendizaje que no requiera un esfuerzo y que no tarde en dar fruto. Y si la democracia no se enseña con paciencia y dedicación y no se aprende en la práctica cotidiana, sus grandes principios quedan en el vacío o sirven como pantalla a la corrupción y a la demagogia”.

El estilo de Muñoz Molina no es estridente, ni falta que le hace ante verdades tan tajantes.

PD: Podría extenderme con párrafos y párrafos del mencionado libro, pero no me resisto a terminar sin reflejar otro, también de rabiosa actualidad y no sólo política: “Por primera vez encontré lo que se llama allí el ‘honor system’: los estudiantes prometían o juraban que no harían trampas en los exámenes ni en los trabajos; no había, pues, vigilancia, pero quien rompiera ese pacto de confianza sería expulsado. Me gustaba ese sentido protestante de la responsabilidad personal, tan ajeno a quien se ha educado en un país católico y autoritario, en el que la mejor razón para cumplir una norma es sentir en la nuca los ojos del que puede castigar, y en el que la trapacería picaresca se ha celebrado con más júbilo que la honradez”.

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