viernes, 30 de agosto de 2013

Los negocios de la construcción y de la destrucción

Tengo que reconocer que hubo algo que no me gustó en Murcia el fin de semana pasado, en el que todo fue una lección de hospitalidad y de atención. Solo una cosa, pero tremendamente desagradable.

La fotografía es lo suficientemente elocuente: el cadáver de una de esas construcciones faraónicas que encontramos con demasiada frecuencia por todo Españistán; en este caso, de lo que iba a ser el primer hotel de cinco estrellas de Murcia con el rimbombante nombre de ‘Huerto del Emir’, con la licencia de construcción caducada, y sin que nadie se interese ya por el mismo, salvo los bomberos que, según me han dicho, lo utilizan para sus prácticas.

Una vista lo suficientemente elocuente de lo que algunos querían que fuera este país. Y una imagen que parece que ahora molesta en esa utopía denominada ‘marca España’ puesto que, según se rumorea, el ‘banco malo’, el SAREB –propietario obligado de miles de inmuebles como éste-, va a comenzar a con las demoliciones a partir del mes de septiembre.

Se dice que el objetivo principal de la piqueta serán aquellas obras a medio terminar y cuya venta resulta inviable, argumentando que económicamente tiene más sentido destruir que construir. Hasta ahí todo claro, incluso que el coste de la demolición recaerá sobre los ciudadanos, ¿en quién si no? ¿Y el suelo? ¿Quedará como público o se venderá a precio de saldo para una nueva barbaridad urbanística innecesaria cuando quieran que se haya olvidado todo esto?

Pero el problema grave es otro, es el de cientos, miles deviviendas casi terminadas, que algunos bancos guardaban esperando que eso de la crisis fuera cuestión de meses, y que se deterioran irremisiblemente. ¿Van a esperar que queden destrozadas para demolerlas también? En este caso, la solución que impone la lógica es completamente distinta a la que desean sus propietarios, los bancos, sean buenos, regulares o malos, que para mi todos son iguales.

¿No sería más lógico venderlas a precio de saldo con el compromiso de finalizarlas? ¿o de intercambiárselas a propietarios de viviendas ruinosas que sí sería interesante derruir? ¿O proceder a su alquiler social? Claro que entonces se acabaría con todos los negocios, el de la construcción, que aún espera algún iluso poder hacer renacer a medio plazo, y el de la destrucción, que se presenta como la alternativa a corto plazo.

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