sábado, 26 de octubre de 2013

Cambio de hora, de huso horario y de horario: nada es como parece

Mañana domingo, 27 de octubre, como sucede todos los años desde 1974, se procederá al cambio de hora, entrando en el denominado horario de invierno. A las tres de la noche, el reloj se atrasará una hora como ya bien se sabe… y provocará cientos de informaciones en los medios audiovisuales y miles de páginas escritas explicando este hecho, sus consecuencias, sus críticas y sus falsedades –algunas por desinformación pero otras absolutamente interesadas- y más si cabe cuando el pasado mes de septiembre la Comisión de Igualdad del Congreso aprobaba una recomendación para volver al horario de Greenwich, el que geográficamente nos corresponde, con el fin de establecer un horario más racional, dijeron.

Evidentemente son temas vinculados, pero posiblemente tan interrelacionados y tan mal explicados que pueden causar bastante confusión, que espero aclarar con este post.

De entrada, el denominado ‘cambio de hora’ –adelantando el reloj el último domingo de marzo para aplicar el ‘horario de verano’ y atrasándolo a finales de octubre para volver al de invierno- es algo sobre lo que ni siquiera el Parlamento español puede decidir, ya que es una Directiva Europea, que afecta a todos los estados miembros y que está incorporada de forma indefinida al ordenamiento jurídico español desde 2002.

Pero hay mucho más que exponer para comenzar a entender este galimatías. Por ejemplo, hay que tener claro que cada punto del mapa terráqueo tiene su propia hora solar, que depende del momento en que el sol está en lo más alto del horizonte –mediodía- lo que determina su amanecer y su ocaso. Si la hora oficial estuviera de en consonancia con esa hora solar, un mínimo desplazamiento nos obligaría a tener que adelantar o atrasar el reloj: por ejemplo, si viajásemos desde Madrid a Guadalajara, tendríamos que modificar el reloj ya en un par de minutos.

De los husos geográficos a políticos

Como esto es una auténtica locura, Sandford Fleming ideó una interesante solución en el siglo XIX, con los husos horarios, algo que no tardó en aplicarse en todo el mundo, permitiendo una coordinación horaria mundial que de otra forma hubiera sido imposible. En un principio, se dividió la Tierra en 24 husos de 15 grados, pero en la práctica la división es mucho mayor, con zonas de husos intermedios en países tan dispares como Venezuela, India o Australia, y se rige por conceptos políticos más que geográficos. De todas formas, al establecerse los husos se da por sentado que en cualquiera de ellos la diferencia entre el punto más occidental y el más oriental del mismo puede ser de hasta una hora, según época del año, en el momento de amanecer y anochecer. El caso de España, sin ser extremo, es bastante significativo: por ejemplo, en diciembre amanece a las 8,06 en Palma y casi a las 9,00 en La Coruña.

La situación se complica aún más si cambiamos no la longitud, sino la latitud ya que cuando más hacia el Norte subimos, encontraremos días más largos en verano y más cortos en invierno, por lo que cualquier comparación con los días alemanes –por no hablar de países nórdicos donde se puede llegar a la noche o el día continuo- es odiosa. De esta forma, en Berlín el día más largo, en junio, tiene al sol desde las 4,42 hasta las 21,33, pero en el más corto, solo desde las 8,56 hasta las 15,52.

Volviendo con los husos horarios, el caso extremo es el de China, país al que geográficamente le corresponden cinco, pero que ha unificado la hora en la de Pekín, por razones políticas, con lo que la aberración en las zonas occidentales, en la frontera con Afganistán está amaneciendo estos días bastante después de las ocho para ponerse el sol casi a las nueve… con lo absurdo que puede llegar a ser ver en verano anochecer después de la medianoche.

También por razones políticas, España –y Francia, no lo olvidemos- renunció al horario de Greenwich en 1942 para adoptar el alemán. Con ello “obligamos” al solo a salir después en relación a nuestros vecinos europeos, pero al mismo tiempo nos situamos en la misma franja horaria, por lo que la coordinación sería máxima… si tuviésemos los mismos horarios profesionales y laborales, que es la gran asignatura pendiente española. No olvidemos que Samoa atrasó una hora –lo que le supuso perder un día, que era de lo que se trataba- para adaptarse al calendario de sus vecinos australianos y neozelandeses para poder coordinar sus transacciones comerciales y no verse abocados a perder su domingo cuando era ya lunes laborable a apenas unos pocos kilómetros. O a no poder aprovechar el viernes debido al inicio del fin de semana ‘aussie’ o 'kiwi'.

Cambio de horarios, cambio de costumbres

Y con ello entramos en el verdadero meollo del asunto: el problema español no es estar en un huso horario que no le corresponde –desde criterios geográficos, ya que políticamente es más interesante, como ya he dicho-, sino de tener unos horarios demasiado tardíos, aunque haya sido amparado por las horas de sol –que no son más en verano, como falsamente se cree y se demuestra con el ejemplo de Berlin antes citado- y la climatología, con lo que la ventaja de coincidir en hora con los alemanes desaparece al entrar ellos a trabajar las ocho y nosotros, paradójicamente más tarde, a las nueve. Y con lo absurdo que supone que haya establecimientos comerciales cerrados tres horas al mediodía, y otros abiertos hasta las diez de la noche. Por no hablar de la conciliación de horarios en el seno de las familias, entre aquellos que trabajan y aquellos que estudian, que es imposible hoy en día u obliga a hacer verdaderos malabarismos.

Por lo tanto, las recomendaciones parlamentarias deben ser tomadas en cuenta con ese importante matiz de que el cambio de huso horario es innecesario, incluso inoportuno; el cambio de hora estacional, imposible, y el cambio de horarios o de hábitos horarios, imprescindible pero complicado de aplicar no solo por lo que significa de variación en las costumbres, sino por lo estrecho de miras que es este país, aunque luego podemos utilizar, por una vez y sin que sirva de precedente, el hecho diferencial autonómico para compensar las desventajas geográficas asociadas a tener el mismo huso horario en Baleares que en Galicia, por ejemplo a la hora de que los niños entren al colegio con luz solar, salvo que algún iluminado de turno piense que lo lógico es que las autonomías históricas tuvieran su propio huso, y distinto al español, claro está.

Y es que si te levantas al amanecer, y entras a trabajar una hora más tarde, da lo mismo que el reloj ponga que son las seis, las ocho o las diez, una vez que se supera el concepto psicológico asociado. Y que salga el sol por Antequera.

1 comentario:

  1. Muy bueno el texto. Desde luego, es tal cual lo cuentas. ¿Qué sentido tiene entrar a trabajar a las 9:00, parar a comer a las 14:00 por 2 horas, para volver a las 16:00 y seguir trabajando hasta las 19:00?; por favor... entre que se emplea de media hora a 45 minutos por trayecto al trabajo, uno sale de casa a las 8:15, y regresa a las 19:45; es decir, para trabajar 8 horas empleamos como mínimo 11 y media !!!; ¿no seríamás lógico empezar a las 7:00 u 8:00 y terminar a las 16:00 o 17:00?. En 1/2 hora se come de sobra, y se puede continuar trabajando sin perder el ritmo; y no digamos ya si se reducen los "cafecitos" de media mañana; seríamos mucho más constantes y productivos en el trabajo.

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