viernes, 8 de noviembre de 2013

Apuntes de fauna social (XIV): El tonto y sus cinco subespecies

Aunque a muchos de los personajes estereotipados definidos en anteriores capítulos de esta serie les iría muy bien el calificativo, hay otros muchos individuos pululando por la fauna social a los que se les podría llamar simple y llanamente tontos. Sin más. Porque, simplemente recordando el dicho, “si los tontos volaran…”.

Baste con echar un vistazo al RAE para descubrir la enorme cantidad de sinónimos, o variaciones gramaticales con ligeros matices, pero que se pueden reunir en esta categoría. Será por algo: idiota, imbécil, estúpido, bobo, lerdo, lelo, gilipollas, cretino, necio, memo, fatuo, simple, corto, apocado, ingenuo, cándido, inepto, incompetente, inútil, bichoco, zopenco, mentecato, majadero, chorra, borrego, turulato, bobalicón, tontaina, idiotizado, tontorrón, embobado, pasmado, alelado, atontado….

Igualmente curioso resulta buscar en Google tipos de tontos, donde nos podemos encontrar con clasificaciones humorísticas como ésta o trabajos más elaborados, como el procedente de ‘El Gran libro de los insultos’ de Pancracio Celdrán, erudito de la lengua al que se puede seguir los fines de semana en el magnífico ‘No es un día cualquiera’.

Sin embargo, la experiencia cotidiana me demuestra que los muchos tontos que en el mundo hubiere se pueden encuadrar en cinco subespecies, más una sexta, que saldría del dicho ‘hay dos formas de ser feliz: hacerse el tonto y serlo”: Es decir, aquellos que voluntariamente se encuadran en los grupos anteriores, renunciando a una inteligencia más desarrollada o una actitud más responsable ante la vida.

A los integrantes del primer grupo podríamos aplicarles los sinónimos de corto, simple, cándido o ingenuo. Son aquellas personas con pocas entendederas o escasa formación que no se complican la vida más allá de una existencia de supervivencia, y que desde luego no quieren líos con problemas que se le escapan. Personalmente pienso que son los menos tontos de todos, los más justificables… y los más evitables si realmente los poderes públicos se preocuparan de formar a las personas. Como decía el inolvidable Forrest Gump: “Tonto es el que hace tonterías”. Y esos los encontramos en las siguientes categorías, no en esta.

Otro prototipo es el que tampoco quiere complicarse la vida, pero pretende una existencia muy por encima de los demás mortales, una vida con más o menos lujos, pero sin demasiados esfuerzos… salvo el de seguir al ‘jefecillo’ de turno, acompañándole peloterilmente hacia un ascenso que les reportará beneficios mutuos. Fatuos, pero incompetentes e ineptos, y sobre todo borregos, son los sinónimos más apropiados para estos individuos, demasiado frecuentes en numerosas organizaciones, sobre todo políticas y sindicales.

Hay un tercer tipo de imbécil que no es por defecto, sino por exceso. Es aquel que no sabe lo que quiere, ni se preocupa por averiguarlo. Pero no se conforma con la ausencia de bienes, sino que, mientras se decide, quiere tenerlo todo. Y casi siempre de la manera más fácil, sin esfuerzos, aunque ello le suponga ir de picoteo de un lado para otro, o simplemente llevando la contraria, nadando contracorriente. Caprichoso, antojadizo, fútil, vano son calificativos que se podrían combinar perfectamente con otros de nuestra lista inicial como mentecato, majadero, pasmado o alelado, según su momento de actividad o de abulia.

La penúltima clase es sobrada y peligrosamente conocida: “Hago lo que quiero, como quiero, cuando quiero y porque quiero”. Y por encima de todos los demás, por supuesto. Es el típico gilipollas con todas las letras que nos encontramos de una forma cada vez más frecuente en nuestra vida cotidiana, falto de educación, de compromiso, de sensibilidad, de responsabilidad. Esa persona ‘yo, mi, me, conmigo’ para la que las normas –de cualquier tipo- no existen y las advertencias sobre el incumplimiento conllevan bien una respuesta amenazadora, bien una burla sarcástica o una risotada patética ante nuestra injustificable –para él- pretensión.

Y terminamos con otros individuos que son muy parecidos a los anteriores, en el sentido de que hacen lo que quieren, y quieren tenerlo todo. Pero mientras que aquellos son individualistas, y van solo a su propio beneficio, éstos tienen un importante componente social en el sentido de imponérselo a los demás, desde esa perspectiva tan conocida del embudo: lo bueno, lo ancho para mí; lo malo, lo estrecho para vosotros. Buena parte de los gobernantes de nuestro país podrían ser incluidos en esta categoría a la que el calificativo de necio le vendría que ni pintado.

Con todo mi respecto y admiración al gran maestro, Forges.

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