jueves, 1 de mayo de 2014

El ‘Día del Trabajo’ es para reivindicar, no para celebrar

Del “en la situación en que estamos, poco hay nada que celebrar” al “por lo menos, que tengo un trabajo”: es lo que más he oído en 1 de mayo cuyo significado ha quedado totalmente banalizado y desvirtuado. Ese Primero de Mayo que conmemora esa lucha obrera de 1886 en el que cinco trabajadores pagaron con su vida la lucha por una jornada digna de ocho horas, que terminaría instaurándose años después. Algo que, pasados casi 130 años y con lo que está cayendo, incluso debería ser una reivindicación para muchos.

También se le llamó en tiempos de la Internacional Socialista ‘Dia la lucha obrera’: claro que en la sociedad aletargada actual eso de que nos llamen obreros nos suena incluso hasta insultante. Y se nos olvida que hoy es una jornada –como las 364 restantes, por supuesto- de reivindicación de los derechos de los trabajadores, pero también de los parados, de los manuales y de los intelectuales, de los asalariados y de los ‘por cuenta propia’, de los tradicionales y de los emprendedores. De los presentes pero también de los futuros. Quizá esa pérdida de conciencia de clase sea el problema más grave que tenemos para reaccionar. Y en este sentido los sindicatos son los que más deberían entonar un ‘mea culpa’, ya que su actitud, incluso su aptitud para enterarse no solo de lo que viene, sino de lo que tienen encima, es realmente vergonzosa y vergonzante.

Pero no nos equivoquemos y echemos la culpa de lo que sucede a los sindicatos… ni a la herencia recibida. La realidad es que, a día de hoy- -1 de mayo de 2014- no sé de dónde sacan nuestros gobernantes tanto optimismo respecto a la situación económica actual, esa que ya llevan controlando un par de años. Hay una ligera mejora en ciertas magnitudes socioeconómicas, pero hay otras –que fueron las que nos condujeron a la crisis actual, como el déficit y la deuda pública- que son muy negativas… y que se obvian por sistema. Claro que estamos ante unas elecciones y de esto no se debe hablar, ni siquiera desde la pseudo-oposición, ni mucho menos desde la tirana ‘troika’: ya tendremos tiempo pronto de enterarnos de la cruda realidad. Pero sobre todo lo que no marcha ni para atrás es el paro, la realidad macroeconómica que nos preocupa a todos, donde los datos hablan por si solos:

- En el 2011 (cuatro trimestre) había 5.273.600 parados (22,85%); en este primer trimestre del 2014, 5.933.000 (25,93%).
- Sólo un 54% de los adultos en edad de trabajar tiene un empleo, siendo esta la tercera tasa de ocupación más baja entre los 34 países de la OCDE.
- Un total de 1.978.900 de hogares españoles tienen a todos sus miembros en paro.
- El paro juvenil supera el 55%
- Los ingresos de los hogares españoles cayeron unos 2.600 euros por persona desde 2008.
- El 10% más pobre ha visto disminuir sus ingresos anuales a un ritmo medio del 14% entre 2007 y 2010, habiendo perdido un tercio de sus ingresos en esos años. Mientras, el 10% más rico sólo sufría una merma del 1% anual.

Los trabajos son cada vez más precarios, con una jornada laboral más larga y peor pagados, ya que la ‘oferta de mano de obra’ permite poner las condiciones, con situaciones absolutamente kafkianas, ya que hay gente con trabajo, con muchas horas de curro, pero que no le llega para vivir. Y los beneficios empresauriales –de empresaurio- aumentan, con lo que la desigualdad es manifiesta. Pero como estamos narcotizados con la esperanza de que vuelvan los tiempos felices del ladrillazo, ni queremos ni sabemos protestar.

Pues bien, esos tiempos no van a volver y tendremos que acostumbrarnos a vivir en un nuevo escenario, más pobre, pero posiblemente más justo… siempre que retomemos ese espíritu reivindicativo del 1 de mayo. Y es que, independientemente de lo bien que le venga esta situación a la base natural de los votantes del partido en el gobierno, no debemos olvidar que la crisis laboral actual tiene un componente tecnológico muy importante, y que esta minusvaloración de la mano de obra tradicional irá aumentando en el futuro, tanto en términos de calidad como de cantidad. Y ello se traducirá en los salarios, por supuesto.

Ante este panorama, las opciones que nos quedan son obvias:

- Asumir que nuestro rol es similar al de países como Indonesia, México, India… es decir mano de obra barata, mucho paro y un nivel de vida similar al de estos países.
- Admitir que se cree una casta de intocables, sin trabajo pero también sin apenas  prestaciones, que puede ser fuente de problemas sociales e incluso caldo de cultivo para una situación revolucionaria (hoy por hoy, complicado, pero…)
- Apostar por nuevas industrias y tecnologías para crear un empleo de mayor calidad y, al mismo tiempo, establecer un mecanismo de compensación con los menos afortunados, con los muchos que queden fuera –definitivamente- del mercado laboral, tipo Renta Básica, destinando a este salario social recursos que no son fundamentales en el Estado.

¿Ciencia ficción? También la jornada laboral de ocho horas lo era en 1850.

PD: He querido ilustrar este post con el coche sin conductor que está experimentando Google. Si una actividad como esa, que siempre hemos asociado al ser humano llega a automatizarse, ¿qué podemos esperar?

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