martes, 27 de mayo de 2014

‘Pablo, Pablito, Pablete’: ojo al dato

‘Pablo, Pablito, Pablete’ fue una de las expresiones más populares acuñadas en los años setenta y ochenta por el indiscutible rey del periodismo deportivo, José María García. El ex presidente de la RFEF, Pablo Porta, fue uno de los blancos favoritos y no era extraño el día en que pasaba a ser protagonista del programa de ‘Supergarcía’. Y esa retahíla, una de las más famosas del país.

Treinta años más tarde otro Pablo mucho más digno está siendo estos días objeto de una campaña tan contumaz pero mucho más falsa e injusta por parte de la derechona, la caverna, incluso la casta –Rosa Díaz, cada día se te ve más el plumero-, por el simple hecho de que los ciudadanos le han dado en los últimos comicios más de un millón de votos o, lo que es lo mismo, cinco escaños para que nos represente, nos defienda -que falta nos hace-, en el Europarlamento.

Lo que al principio no dejó de ser una estratagema electoral –‘vamos a dejar que el Coletas este le quite unos cuantos votos a la izquierda’- se ha convertido en un peligro. Primero se le atacó porque había tenido ventaja con sus apariciones en las tertulias televisivas, como si la simple presencia fuese la que da los votos y no lo que decía y cómo lo decía. En este sentido conviene recordar los silencios, desplantes y plasmazos de los jerifaltes del PP, comenzando por el propio presidente Rajoy, quien por definición –valga el doble sentido- es quien más puede (y debe) salir en TV. También se le criticó por poner su cara en las papeletas, en una jugada maestra destinada a reafirmar el conocimiento de su formación con la cara de su personaje más popular, a quien algunos no conocían su nombre.

Al PP le pilló tan de sorpresa que canceló la rueda de prensa tras su ‘triunfo’ hasta pensar lo que tenía que decir, hasta elaborar y distribuir ese argumentario al que nos tiene tan acostumbrados. Y que casualidad que al día siguiente comenzáramos a oír un chorreo de críticas –la mitad de ellas risibles, la otra mitad lamentables, pero todas ellas, en el mismo sentido descalificativo- a ‘Pablo, Pablito, Pablete’, el Coletas, el hombre que se mueve a los dictados de Maduro y recibe dinero de Irán, chavista-ayatolista, el Lenin de la Complutense, el nuevo Hitler –quien también ganó en las urnas-, el amigo de Le Pen, el ultraizquierdista, el populista, el comunista casposo, el antisistema, el friki que viene a Madrid, el populista, el que se compra la ropa en Alcampo… Todo por parte de esos ‘correveidiles’, ‘abrazafarolas’, ‘lametraserillos’, ‘chiqulicuatres’ y ‘estómagos agradecidos’ tan conocidos en los últimos tiempos, volviendo a utilizar las expresiones de García.

Iglesias tan sólo es culpable de tres cosas. La primera, de dar primacía a las personas sobre los mercados, ‘cantando y contando las verdades del barquero’ (no del banquero); la segunda, de haber sabido llegar a la gente descontenta, sobre todo a los jóvenes y a los nuevos votantes, pero también a mucha gente mayor; y la tercera, que es la que escuece, de poder aglutinar en los próximos meses una verdadera oposición –no la farsa PPSOE a la que pronto, me temo, se podría ver en todo su esplendor-, tanto mediante una alianza con otras formaciones –no caigamos en tonterías como ‘Frente’- como captando a más abstencionistas. Y por ello hay que comenzar la operación de acoso y derribo. ‘Por activa y por pasiva’.

De todas formas, ‘ojo al dato’: Podemos es mucho más que una persona, tanto en la composición de sus listas –basta con mirar al número tres, el antiguo fiscal anticorrupción Jiménez Villarejo-, como en sus seguidores, reales y potenciales, y que pueden multiplicarse con las críticas, como ha sucedido en Cataluña con la consulta popular. Y como comentaba un amigo mío, verdaderamente implicado en este movimiento: “Jodemos”.

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