jueves, 22 de mayo de 2014

¡Qué daño nos han hecho estas señales!


Hubo un tiempo en el que debía sobrar el dinero en Españistán. Y las autoridades de toda la ‘geografía española’ decidieron que no había otra cosa mejor que poner cedas el paso, stops o semáforos en cualquier cruce que se preciase, o que no. Y de esta forma, el ciudadano conductor podía estar seguro en ese absurdo marasmo reglamentario que son las preferencias de paso. Todos no. El ‘listo’ seguiría haciendo lo que le viniera en gana por muchos triángulos, octógonos o lucecitas que encontrase en la intersección.

Pero como habíamos tenido señalización por encima de nuestras posibilidades –de hecho he llagado a ver un stop en todos las calles que confluían en un cruce, ¡manda güevos!-, hubo que cortar ese despilfarro. Por un lado se benefició a los constructores amigos con la creación de rotondas a diestro y siniestro, ese elemento diabólico sacado del salvaje Oeste que solo saca a relucir lo peor de cada conductor y en el que el ahorro eléctrico en los intermitentes inutilizados podría servir para iluminar una ciudad como Nueva York.

Pero en otros sitios, ni señal ni nada: se volvía a la vieja norma de la preferencia a la derecha, que no debería ser tan difícil de olvidar en la situación actual. Al ‘listo’, le da lo mismo: pasará siempre porque él lo vale. Pero, no sé por qué, se le ve venir. Pero al necio –siempre mucho más peligroso que el malo en cualquier faceta de la vida- tenemos que tratarle con la máxima precaución, no sea que de un frenazo asustado al no ver ninguna señal, por mucha prioridad que tenga, o que pase feliz en su despiste para topar a los pobres cumplidores que atraviesan el cruce en toda su legalidad.

En fin, ¡qué daño nos han hecho estas señales!

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