lunes, 23 de junio de 2014

Apuntes de fauna social (XVI): El Experimento Milgran hoy en día

A comienzos de los años sesenta del siglo pasado, en pleno juicio a Adolf Eichmann por los crímenes contra la humanidad cometidos durante el régimen nazi, la opinión pública pensaba que sus actos se amparaban en el sadismo, en la locura, en la maldad, aunque el máximo ejecutor de la ‘solución final’ no hizo más que justificarlos una y otra vez en la obediencia, de una forma obsesiva durante todo el proceso.

Por ello, un psicólogo norteamericano llamado Stanley Milgram se planteó si cualquier persona podría tener este tipo de conductas capaces de llegar a la tortura, a la muerte, solamente por cumplir órdenes. En su fuero interno pensaba en un rotundo no. Pero la sorpresa fue que el desde entonces conocido como ‘Experimento Milgram’ –realizado en la Universidad de Yale- arrojó unas cifras que corroboraban esa brutalidad y crueldad humana, con un 65 % de personas dispuestas a llegar a poner en riesgo otra vida humana –aunque el experimento fue una simulación, pero los ejecutores no lo sabían- simplemente por obedecer. Es más, en una reedición del experimento muchos años después, el porcentaje de ‘obedientes’ subió hasta el 77%.

Si os interesan los detalles sobre el Experimento Milgran, aquí tenéis una interesante información, aunque hay muchísima literatura en Internet. Y un dato también aleccionador: después de haber informado a los voluntarios a posteriori sobre el experimento, el 84% tenía sentimientos positivos acerca de su participación.

Dicho de otra forma, la autonomía de una persona a la hora de realizar un acto que puede pensar que no es éticamente ‘bueno’ pierde su importancia cuando el sujeto pertenece voluntariamente a una organización social jerárquica, momento en el que acepta que su pensamiento y sus actos sean regulados por la ideología de su institución. De ahí que se comprendan este tipo de actuaciones amparadas en la obediencia no solo en un régimen como el nazi, sino en cuerpos militares y policiales e incluso en entidades como los propios partidos políticos. Y todo ello en regímenes perfectamente democráticos, o al menos que se autocalifican así.

Un elemento clave en este experimento –y en los ejemplos antes referidos que vemos en la vida diaria- es que la autoridad debe ser considerada legítima, pero la experiencia de lo cotidiano nos demuestra que aparte de la obediencia debida está el comportamiento esperado, ese que no es ordenado directamente, pero que se presupone que se va a asumir simplemente por el hecho de pertenecer voluntariamente a esa organización.

La perspectiva de poder hacer frente a estos comportamientos no es, sin embargo, tan fatalista como se podría llegar a pensar, ya que hay tres elementos clave para condicionar (y acabar) este comportamiento.

El primero de ellos es, lógicamente, la autoridad, ya que cuando se cuestiona la legitimidad del que da la orden, o aparecen figuras contradictorias ejerciendo esa función, la obediencia ciega disminuye sensiblemente, como se demostró en el Experimento Milgran.

Más importante aún es el intercambio de información: cuando el participante recibía apoyo de un compañero negándose  a que el experimento continuara, la obediencia bajaba al 10%. De ahí, la importancia que tiene para este tipo de organizaciones de terminar con cualquier tipo de disidencia interna, de castigarla ejemplarmente para que no se reproduzca.

Finalmente, el tercer elemento es ajeno a Milgran, pero lo encontramos en el propio jerarca nazi. Y es que este tipo de comportamientos se justifican en definitiva en la cosificación, en no ver a la persona como tal, sino como un objeto: la responsabilidad social se diluye ante la obediencia debida, sobre todo si no se asocia directamente causa y efecto de estas acciones malvadas. Y es que Eichmann no se vino abajo hasta el momento en que se vio forzado a recorrer los campos de concentración en los que había ordenado encerrar, y asesinar, a tanta gente.

Creo que en pleno siglo XXI más que nunca se pueden y deben sacar conclusiones de este Experimento. Y en los ámbitos menos pensados de la sociedad.

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