martes, 17 de junio de 2014

Muchos más claros que nubes en la autobiografía de Bjarne Riis

Aunque tiene 418 páginas –que, por cierto, se leen bastante bien- ‘Nubes y claros’, la autobiografía de Bjarne Riis, se puede resumir, o más bien justificar en un par de frases.

La primera de ellas, al final de la página 282, dice textualmente: “En Dinamarca hay una sana tradición de perdonar a la gente que admite haber hecho algo mal”. No la pronuncia el actual director de Tinkoff-Saxo Bank; ni siquiera se refiere a él. Pero es, sin duda, la intención de esta narración es una segunda y extensa fase en su absolución, la que comenzó con su confesión en mayo de 2007.

Hasta ese momento, Riis cuenta su trayectoria como ciclista sin ocultar las razones de su dopaje, de una forma bastante sincera, es cierto, pero sin excederse en detalles ni propios ni ajenos. Es más, en esos primeros capítulos, el ciclista danés procura incidir en sus propias cualidades naturales –muchas veces en boca de un Laurent Fignon que, desgraciadamente, no puede negarlas, pero que se presume un referente bastante válido por su carácter poco dado a falsedades- y su preocupación por la preparación metódica como factor clave en su rendimiento. Igualmente procura justificar algunas otras ‘nubes’ de su carrera como su controvertida actuación en el Tour de 1998.

La segunda frase, que encontramos en la página 334, precisamente en el capítulo referido a su confesión, es mucho más significativa: “Espero que la gene reconozca que el ciclismo necesita a gente como yo, alguien que se atreve a hacer las cosas de otra manera y que tiene el valor y la voluntad de luchar por algo que todo el mundo quiere”.

Esta declaración de principios –y referida a su presente como director, que es lo que le simporta- se acompaña con algunas de sus actuaciones pioneras, como el programa de controles internos dentro del equipo CSC o como los ‘campus de supervivencia’ llevados a cabo por el militar B.S Christiansen para fortalecer el espíritu de equipo, haciendo también que los corredores se autoconocieran mejor.

Riis también tiene tiempo para hacerse la víctima en el abandono masivo de buena parte de su estructura hacia Leopard –Kim Anderssen, Brian Nygaard, los hermanos Schleck, Cancellara…- en una historia que no se conoce demasiado bien en nuestro país pero que, tal y como la relata, no estaría nada mal conocer en profundidad y desde todos los puntos de vista. Y naturalmente nada mejor para terminar que destacar su armonía con Contador, en los buenos y malos momentos, aunque ello ocupa apenas el último capítulo y un epílogo que da la impresión de estar escrito deprisa y corriendo.

En fin, muchos más claros que nubes los que ha puesto Riis en su autobiografía que, pese a todo, resulta interesante para conocer a un personaje cuya ‘valoración’ en España se reduce al ‘hematocritado’ que le quitó el Tour a Indurain y al vigente director deportivo de Contador, pero que cuya huella en el ciclismo mundial en estas dos últimas décadas es mucho mayor de lo que parece. Para bien o para mal.

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