jueves, 3 de julio de 2014

Transporte público: la mejor lección de mala educación

Dicen que las personas cuando van envejeciendo se van (nos vamos) haciendo cada vez más cascarrabias, más protestonas. Puede ser. Pero lo cierto es que tenga veinte, cuarenta, sesenta u ochenta años, si hay algo que no me gusta no me lo callo ni me lo voy a callar. Y desde luego, prefiero abrir la boca, que tenerla cerrada ante algo que no me gusta. Y ese es uno de los grandes problemas de la España actual: la abulia. Pero ese es otro tema.

Los transportes públicos, o mejor dicho, el comportamiento de algunas personas (¿?) que los utilizan es una invitación para hablar, para decirles cuatro bravas sobre su mala educación, aunque a veces en plena hipocresía social el maleducado pases a ser tú.

Ya escribí hace tiempo sobre mis impresiones sobre el llamado viajero antisocial, a los que sufro a diario en tren o autobús, que no solo se creen con derecho a ocupar dos o incluso cuatro asientos, sino que encima se mosquean –o se ríen más o menos descaradamente de tí- si osas a invadir alguno de sus espacios o haces mención a la extensión de sus apéndices corporales. Hoy me he quedado con las ganas de decirle a una individua cuatro palabras –una de ellas, un sonoro gilipollas, para pasar a ser el maleducado yo-, aunque supongo que con verse la cara en el espejo todas las mañanas tendrá bastante castigo la fulana.

Pero hay mucho más. Por ejemplo, la gente ha perdido totalmente la costumbre de hacer una cola para entrar al autobús: “Si cabemos todos”, argumentan alegremente, intentándote dejar por un amargado. “Ya, pero yo llevo más tiempo que usted esperando y solo por eso quiero elegir donde sentarme”, le sueltas en toda la boca y le dejas calladito. O eso de sujetar una puerta hasta que la sostenga el próximo: o el de adelante te la suelta en todo el morro, o los que van detrás esperan que te quedes sujetando hasta el fin de los días.

Los ‘viejos’ nos quejamos de las voces que pegan los paisanos cuando hablan por el móvil. Normal, pero no nos olvidemos de que casi es peor encontrar un par de personas hablando de sus cosas personales a un volumen para que se entere todo el autobús, todo el tren. Todavía es más insoportable el que se hace compañía de sus auriculares: su atronadora música puede oírse en kilómetros a la redonda.

Claro, que en lo que se refiere a dar ejemplo, los peores son los propios empleados de las compañías. Como ese conductor que se empeña en amenizarnos el viaje matinal con las sandeces de Carlos Herrera lo que supone dejarte cabreado para todo el día. O esas lumbreras encuadrados en el cuerpo de interventores de la RENFE, que deben tener prohibido saludar a más de tres personas seguidas y que están deseando que la canceladora –esa a la que le echan tinta de Pascuas a Ramos- apenas haya marcado para tratarte como un presunto delincuente, aunque sepan perfectamente que es la banda magnética la que controla el acceso, y que para saber si se ha marcado o no tu billete –algo que me echaba en cara uno de estos personajes- tengas que saber sánscrito. Y para que reclames en una taquilla en la que, por los recortes, pero para optimizar la gestión, ya no quedan taquilleros... que tampoco se caracterizaban por sus modales.

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